Carlos Bonfil reseña Los antisociales en La Jornada

El escritor y crítico de cine mexicano Carlos Bonfil acaba de publicar una calurosa reseña de Los antisociales en el suplemento cultural Letra S de La Jornada, México. El artículo se titula: “Capitales queer: París/Barcelona”:

Capitales queer París:Barcelona copia

Capitales queer. París/Barcelona*

Carlos Bonfil

México DF, septiembre 19 de 2015.
Una leyenda sostiene que antes de 1968 los homosexuales habrían estado sumidos en la opresión y el miedo en las capitales europeas, y que sólo a partir de los años 70, con la eclosión de movimientos de liberación sexual, toda una comunidad habría conquistado al fin la visibilidad y frenado la persecución social. Sin negar el clima de opresión prevaleciente en Europa después de la Segunda Guerra Mundial, antes bien estudiándolo exhaustivamente, el historiador Geoffrey Huard sostiene con cifras y documentos que la represión en ciudades como París o Barcelona no fue sistemática, y que incluso bajo la dictadura franquista en España habría existido un fuerte grado de permisividad.

Su libro más reciente, Los antisociales. Historia de la homosexualidad en Barcelona y París, 1945-1975, ofrece un examen fascinante de la manera en que muchos homosexuales lograron sortear las presiones sociales (reglamentos opresivos en la Francia de 1960, leyes de peligrosidad social en la España de 1954 y 1970), para vivir con desenfado sorprendente una vida sexual ligada a la simulación y a la clandestinidad.

Entre los hallazgos más interesantes que hace el historiador, consultando expedientes judiciales en Barcelona y archivos de la brigada mundana parisina, destaca el hecho de que bajo la dictadura franquista la penalización de la homosexualidad era muy relativa, pues a partir de criterios clasistas afectaba mucho más a las clases populares, al vincular heterodoxia sexual y delincuencia, que a los homosexuales burgueses que se sabían tolerados e incluso protegidos. No sucedía lo mismo en Francia, donde el estigma era generalizado, aun cuando una elite intelectual podía siempre, con su prestigio, evitar el rigor de las sanciones. En un clima de persecución continua, señala Huard, los homosexuales no dejaron de ser visibles. Sus espacios de encuentro eran numerosos y comprendían zonas que medio siglo después parecen ya desiertas: bares de barriada, baños de vapor, cines de ligue, parques con actividad sexual en el centro de las capitales, y las “tazas” o meaderos públicos (pissotières o vespasiennes) donde, apenas disimulado, el gay podía y solía alcanzar sus orgasmos a escasos pasos de los transeúntes. La actividad sexual era tan intensa y a tal punto diseminada en las grandes ciudades que la policía apenas lograba controlarla, por lo que sólo se limitaba a verificar los espacios públicos, ahuyentar de ellos a los menores, intimidar en lo posible a los transgresores, alejarlos por un tiempo breve, a sabiendas de que la faena erótica reanudaría muy pronto, de nuevo incontenible. Precisa el autor: “En conclusión, tanto en Francia como en España hubo una vida homosexual muy desarrollada, bastante tolerada y visible por las autoridades, que llevaron a cabo ciertas acciones contra el vicio y delincuencia con el fin de proteger la moralidad de la juventud, en particular, y de la sociedad, en general. Si hubo en Francia un movimiento de privatización de la sexualidad, en España, en cambio, la represión afectó sólo a los invertidos de las clases populares si su modo de vida estaba asociado a la delincuencia, la vagancia o la prostitución. Los homosexuales de las clases medias y de las clases acomodadas que podían demostrar un trabajo y unos ingresos honestos no eran condenados” (pp. 186-87).

Lo que importaba al final de la guerra y a lo largo de los años cincuenta y sesenta era, de modo especial, la política natalista, la necesidad de proscribir toda sexualidad ajena al propósito de volver a poblar una Europa diezmada por la hecatombe. Tanto la derecha política como la izquierda combinaron sus esfuerzos para denunciar en el homosexual al paria social, traidor en potencia, capaz de minar con su conducta recalcitrante el esfuerzo colectivo. La homosexualidad se percibía, tanto en la Francia gaullista como en la España de Franco, como el peligro social contra el cual había que proteger a los menores, la población más delicada y vulnerable, la mayormente expuesta a un inefable poder corruptor o al proselitismo más desvergonzado.

Los antisociales describen de modo prolijo la actividad sexual clandestina en algunos barrios parisinos, dedicando un examen relativamente menor al trajín sexual barcelonés en el barrio chino o en las Ramblas. Se evoca la literatura de la provocación (Genet, Proust, Cocteau, Gide, Duvert, Biedma o Goytisolo) y la de la simulación y la culpa (Montherlant, Green o Jouhandeau), para luego abordar las posturas de los militantes radicales de los años setenta (Hocquenghem, Guérin, Schérer). Después de mostrar la manera en que los movimientos de afirmación homosexual en Estados Unidos marcaron su influencia en los titubeantes impulsos emancipadores de los europeos homófilos (una denominación cautelosa que evitaba toda mención a la sexualidad), el autor desmonta el mito de que la liberación gay habría comenzado en Francia y en España en los años setenta con el surgimiento del FHAR (Frente Homosexual de Acción Revolucionaria). En realidad, desde los años cincuenta existía ya la militancia discreta, pero efectiva, de una asociación conservadora francesa, Arcadie, que con su popular revista homónima había logrado organizar a miles de seguidores en la defensa de los derechos básicos de la minoría sexual. En ella se preconizaba el culto a los valores humanistas, un erotismo heterodoxo decente y la integración del buen homófilo a la sociedad.

Debido a esas posturas tradicionalistas, a Arcadie se le consideró por largo tiempo una organización defensora del orden establecido, sin tomar en cuenta el valor de sus dirigentes quienes abiertamente proclamaban su derecho a ser diferentes. El autor señala los vasos comunicantes, establecidos desde la clandestinidad, entre las dirigencias del Arcadie francés animado por un infatigable André Baudry, y un incipiente MHEL (Movimiento Español de Liberación Homosexual) dirigido por el monárquico catalán Armand de Fluvià, quien curiosamente transitaría de posiciones ultra católicas a posicionamientos marxistas. Es fascinante el relato de las estratagemas utilizadas para hacer llegar desde una Francia democrática y represiva hasta la España oscurantista, los escritos y documentos gráficos con los que Arcadie sellaba una colaboración solidaria. Una red de clandestinidad uniría luego a militantes gay de Estados Unidos e Inglaterra con sus pares europeos, que incluían al grupo italiano Fuori y a otros movimientos de los países nórdicos.

Geoffrey Huard procede así a la doble tarea de romper con el mito de una supuesta invisibilidad e inacción de los homosexuales en la Europa de los años cincuenta y sesenta (describiendo de modo ameno la efervescencia cultural gay y los rituales de ligue clandestino en París y en Barcelona), y de rescatar el valor menospreciado de organizaciones de espíritu conservador que, paradójicamente, colocaron los cimientos de lo que luego sería una auténtica liberación homosexual.

Los antisociales. Historia de la homosexualidad en Barcelona y París, 1945-1975.

Geoffroy Huard

Marcial Pons Historia.

Madrid, 2014.

*Publicado en la edición de septiembre del suplemento Letra S del periódico La Jornada

Consulte el número completo en http://www.jornada.unam.mx/2015/09/03/ls-cara.html

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Seminario de la AEIHM en Madrid

Estoy actualmente en Madrid para participar en el seminario de la Asociación Española de Investigación de Historia de las Mujeres. Intervendré esta mañana con una ponencia sobre “Los “invertidos” en Barcelona. Género y clase social cuestionados durante el franquismo en los archivos judiciales”.

De paseo por Madrid...

De paseo por Madrid…

Dejo aquí el programa:

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Las masculinidades en la Transición, Rafael Mérida Jiménez y Jorge Luis Peralta (eds.)

Acaba de salir el libro Las masculinidades en la Transición, editado por Rafael Mérida Jiménez y Jorge Luis Peralta (Egales, 2015).

Mi contribución se titula : “Los “invertidos” en Barcelona. Masculinidades cuestionadas durante el franquismo en los archivos judiciales”.

He aquí la portada y el índice:

PORTADA EGALES

2015 RMMJ JLP Egales Sumario

Nueva reseña de Los antisociales, por el escritor Luisgé Martín en Revista de Libros

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“Homosexuales en Barcelona y París: treinta años de intrahistoria”
por Luisgé Martín

Geoffroy Huard

Los antisociales. Historia de la homosexualidad en Barcelona y París, 1945-1975
Madrid, Marcial Pons, 2014
381 pp. 28 €

El título de este libro, con su regusto irónico, es atinado y brillante, pero el subtítulo, por el contrario, supone un grave error editorial que conviene comenzar aclarando para que no haya lectores que se espanten injustificadamente: Geoffroy Huard, el autor, indaga, describe y reflexiona sobre la homosexualidad en España y en Francia –e incluso, por extensión, en todo el mundo occidental– durante esa época, sin cerrar el ojo investigador tanto como hace creer el subtítulo. Se trata, evidentemente, de un ensayo académico, sostenido por una investigación documental profunda y focalizada en archivos y acontecimientos de las dos ciudades mencionadas, pero la representatividad de éstas resulta algo más que simbólica. París era la capital de Francia y Barcelona era la capital simbólica de España, la única ciudad que conservó trazas europeas durante el franquismo. Lo que en ellas acontecía, por lo tanto, no era sólo circunstancial.

Huard divide el libro en tres grandes partes: «La concepción heterosexista de la sexualidad», «Las subculturas homosexuales de París y Barcelona» y «La concepción homosexual del mundo». En la primera repasa los modos que se usaron para estigmatizar la homosexualidad en las sociedades de posguerra, que se volvieron mucho menos permisivas que las de entreguerras. La tolerancia con la homosexualidad, incluso en la España prerrepublicana, fue mucho mayor que la de los años cincuenta y siguientes. Y para justificar esa intransigencia se recurrió a la identificación del homosexual con el enemigo: en Francia, con los fascistas o los colaboracionistas; en España, en cambio, con los comunistas. Se invocaba el patriotismo necesario para vencer la adversidad, y el patriotismo –entre otras cosas, por razones demográficas– era claramente heterosexual.

Las fórmulas de reprobación social de la homosexualidad –en Francia, en España y en toda Europa, insisto– son bien conocidas, pues se mantuvieron durante décadas y aún quedan expresión de ellas en los segmentos más reaccionarios de la sociedad. El recorrido que hace Huard por ellas tiene, sin embargo, no sólo un interés histórico, sino el valor arqueólogico de recuperar ideas y actitudes que hoy resultan sonrojantes. La mancha de la enfermedad, la asociación con la pederastia y la vinculación con la delincuencia son marcas clásicas de la humillación con que se ha apartado siempre a los gays, y Huard puntea con inteligente erudición las terapias psiquiátricas encaminadas a curar la homosexualidad y otras lindezas por estilo.

La segunda parte del libro bucea en la cotidianeidad gay de esas décadas. Es la parte más parisiense y barcelonesa, pues rastrea con un detalle a veces maniático los lugares de ligue, las costumbres clandestinas y los locales célebres de la noche homosexual de ambas ciudades. Menos interesantes quizá para un lector general, estos capítulos reconstruyen con solvencia el submundo en el que tuvieron que sobrevivir los homosexuales. Los meaderos –las famosas «tazas» parisienses–, los jardines y parques con zonas de cruising, el metro, las estaciones de tren, las piscinas, las saunas y los bares de ambiente son pintados por Huard con un pincel que trata siempre de superar el costumbrismo y la anécdota. Y lo consigue. La minuciosidad de algunas descripciones y la concreción de nombres, barrios y prácticas sexuales le dan a esta parte de Los antisociales un tono a veces enternecedor y nostálgico que no se aparta, en ningún caso, del rigor. Y esto, que puede ser una virtud, puede también dejar insatisfecho a algún lector menos académico, que echará de menos más abundancia de esas historias personales que el autor dispensa con cuentagotas.

La tercera parte, «La concepción homosexual del mundo», es, sin duda, el núcleo del libro y la joya que el autor quiere ofrecer. En ella se procura recuperar la memoria del asociacionismo homosexual –combativo o no– anterior a los años setenta, que es el momento en que, según la historia oficial, se inicia la revolución gay y la reclamación de los derechos civiles. La fecha fundacional es el 28 de junio de 1969, con la revuelta de Stonewall en Nueva York, pero antes hubo individuos y grupos organizados que, más o menos en la penumbra, alumbraron ese instante, según Huard. Arcadie, un grupo creado en 1954 por André Baudry en torno a una revista de larga vida –sobrevivió hasta 1982–, fue el origen y la médula del movimiento francés. Se definían a sí mismos como homófilos, y no como homosexuales, para poner el acento en la forma de sentir, y no en la sexualidad. (Huard, por cierto, no da explicación de este sentido hasta muy avanzado el libro, después de haber utilizado el término reiteradamente).

Después de mayo del 68, sin embargo, todo cambió. La docilidad fue convirtiéndose en rebeldía, y de Arcadie surgió el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria. Esta organización, que tuvo una vida breve pero intensa (1971-1974), es el centro de Los antisociales. A ella dedica la mayor hondura de su trabajo y de ella irradian muchas de las ideas que sostienen el libro.

El paisaje que se pinta alrededor del FHAR resulta todavía hoy apasionante y conserva la borrosidad de los hechos demasiado recientes históricamente. Según muchos de los protagonistas –avalados por el autor–, la lucha homosexual permitió que las contiendas revolucionarias de la izquierda clásica se reformularan y entraran en la modernidad. En ese recorrido y en esa pesquisa, queda bien retratada la homofobia furibunda de muchos de los compañeros de viaje. El Partido Comunista Francés, por ejemplo, calificó de «mascarada» la manifestación parisiense del 1 de mayo de 1971, la primera manifestación europea en que los homosexuales desfilaron reivindicándose como tales. La homosexualidad, para una buena parte de la izquierda orgánica francesa y española, era una «enfermedad burguesa» que debía ser extirpada. Como llegó a escribir Ramón J. Sender en un artículo delirante que Huard menciona a pie de página, «es difícil entender a los homosexuales» y «el hecho de que se hayan revelado –y rebelado– en España los homosexuales nos extraña y nos ofende un poco a todos».

Los antisociales, por lo tanto, está lleno de detalles interesantes de miniaturista y presenta un fresco histórico documentado y riguroso, aunque en ocasiones su ordenación –cronológica y geográfica, con viajes de ida y vuelta de Francia a España y de atrás adelante– resulta un poco confusa y enmaraña la lectura. Donde a mi juicio hace agua sin remedio el libro es en la defensa de las tesis del autor, que enuncia ya en la introducción, que trata de defender en cada una de las partes y que reitera en las conclusiones. Son fundamentalmente dos, y las dos responden a esa necesidad adánica que a veces tienen los investigadores y los ensayistas de reinterpretar revolucionariamente los hechos y reinventar la historia. La primera tesis sostiene que, en contra de lo que se asegura, la persecución de los homosexuales no fue tan intensa ni tan sistemática en esa época. La segunda, también un poco a contracorriente, sostiene que antes de la fecha inaugural de la insurrección gay, en los años setenta, ya había movimientos o individuos que peleaban por los derechos de los homosexuales. Ninguna de las dos tesis queda avalada por el libro.

Ya desde el principio, Huard reprocha a los pocos cronistas de la homosexualidad durante el franquismo que hayan caído «en el mito de la persecución basándose en muy pocos testimonios». Y a continuación asegura que «las cifras demuestran que no hubo una persecución o una represión sistemática» ni en España ni en Francia (aunque muestra la paradoja de que, según esas cifras, «las autoridades francesas fueron mucho más represivas que las autoridades del régimen franquista»). Más tarde, con una frivolidad digna de mejor causa, afirma que «tendemos a pensar hoy que, desde la teoría de la liberación gay, la doble vida era forzosamente fuente de desgracia. Pero, aunque pudiera ser el caso algunas veces, no es del todo cierto».

Los antisociales describe todo el espectro de la sordidez de las catacumbas gays; relata emboscadas, detenciones y agresiones; y apenas menciona, desvaídamente, la vida «normal» y sosegada de un hombre. Pero, a pesar de ello, agarrándose a las cifras carcelarias, impugna «el mito de la persecución». Él mismo cita en el libro una frase del Comité de Acción Pederástica Revolucionario de la Sorbona que sirve para refutar su tesis: «Por un glorioso Jean Genet, cien mil pederastas [en su sentido coloquial de homosexuales] vergonzosos, condenados a la desgracia».

Tampoco alumbra mucho el libro esa paleohistoria del activismo gay que el autor defiende. Es cierto que existió Jean Genet, que hubo otros escritores desvergonzados y combativos, y que algunos intelectuales icónicos se comprometieron contra el orden sexual convencional, pero citar a García Lorca, a Vicente Aleixandre, a Cernuda e incluso a Proust como «ferviente[s] defensor[es] de la causa gay» que «intentaron luchar contra el orden sexual dominante» es, obviamente, un exceso. Es cierto también que existió Arcadie desde 1954, pero, como puede deducirse del propio relato de Huard, tuvo una intencionalidad más contemporizadora que rebelde, y hasta el surgimiento del FHAR, ya en la época mítica de los años setenta, sólo existieron fogonazos desarticulados de protesta. Resulta evidente que ningún movimiento nace de la noche a la mañana sin que haya una incubación previa, pero sostener que «todos los discursos y acciones anteriores […] a los años setenta que defendían a los pederastas, invertidos, homosexuales, homófilos, gays […] eran también revolucionarios» resulta cuando menos atrevido y algo inconsistente si nos atenemos a los hechos que él mismo aporta.

Lo sustancial de Los antisociales, no obstante, no es la defensa de estas tesis, sino la ingente indagación documental y bibliográfica que permite reconstruir con pincelada bastante fina esa época oscura de la homosexualidad. Y, en esa tarea, Geoffroy Huard sí sale bien parado.

Luisgé Martín es escritor. Sus últimos libros son Las manos cortadas (Madrid, Alfaguara, 2009), La mujer de sombra (Barcelona, Anagrama, 2012), Donde el silencio (Madrid, Imagine, 2013), La misma ciudad (Barcelona, Anagrama, 2013) y Todos los crímenes se cometen por amor (Madrid, Salto de Página, 2014).

04/05/2015